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By J. J. Benitez

Caballo de Troya five by way of J. J. BENITEZ

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Señor! -clamó el anciano-. ¡La puerta...! -, abriendo la hoja con desesperación. Y la humareda, como un ser vivo, se estiró hacia la noche, retorciéndose en el umbral. Y una bocanada de aire puro vino a perdonamos. Y a trompicones, olvidando incluso el cayado, me precipité tras los pasos de David, buscando el exterior como un poseso. Un segundo después reaccioné. Y lo hice, primero con perplejidad, después con vergüenza. ¡La familia! E indignado conmigo mismo me abalancé hacia la puerta, espantando con las manos el caracoleo del humo.

Santiago, con un nudo en la garganta, se refugió en uno de sus gestos típicos: la velluda mano izquierda comenzó a peinar con nerviosismo la canosa y poblada barba. Y los ojos se humedecieron. Jacobo, blanco como la pared, con la boca entreabierta, buscando aire y fuerzas para no sucumbir a la arrolladora emoción, contemplaba incrédulo la inédita estampa de una María frágil y arrepentida y, al mismo tiempo, audaz y luminosa. Miriam, copia casi exacta de la madre en lo físico y en lo temperamental, reaccionó como lo habría hecho la Señora si el protagonista hubiera sido cualquiera de los allí presentes: la observó con dulzura y, batiendo palmas, reclamó sosiego, recordando a la de «las palomas» que aquéllos eran sus hijos y que no debía avergonzarse porque, sencillamente, todos se hallaban en la misma situación.

Y las acarició y apretó en silencio, con los ojos bajos. Y el peso de mi complacida mirada debió de llegar hasta su transparente cutis porque, al punto, descubriendo los ojos verdes, me observó y, ruborizándose, borró parte de la constelación de pecas que la adornaba. María, refugiándose nuevamente en aquel tono grave que no admitía desviaciones, solicitó que sus hijos, uno tras otro y sin intromisiones, repasaran la situación, proporcionando una sincera y templada opinión sobre lo que convenía hacer.

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